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Claves de la vida del pintor. Apuntes autobiográficos. Entre las anotaciones del artista hemos rescatado su "autobiografía". Es un retrato que hace de su infancia, pasando por su etapa en Río de Janeiro y la vuelta a España.
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Escribir sobre mi vida me ha de
resultar harto difícil. Es difícil para uno hablar de sí mismo. Si un
paisaje nunca es el mismo, dependiendo del espectador, mi vida, "mi
paisaje", visto desde uno mismo puede caer fácilmente en abismos y
exageraciones o en modestísimas apreciaciones.
Atinar con el
punto medio ideal sería mi deseo. A eso me lleva mi intención y a eso me
llevarán estas letras, que serán suaves y simples, no exentas de defectos
ya que mi virtud no es la pluma al menos trataré del lector que cuento con
su benevolencia sepa que no es la vida de un gran hombre ni la de un
guerrero famoso, sino la de un artista más que camina por el mundo del
arte, dando mandobles para subsistir, que persigue un ideal inalcanzable,
que lleva por las venas la necesidad ineludible de pintar como pigmento
misterioso y como casi una necesidad biológica.
No sé si mi ego me repite: "que algo de ti sobreviva" o
que es un poco de eternidad el dejar algo palpable realizado con amor. Eso
sí, mi amor por el arte creo que a veces sobrepasa lo normal, si es que
existe un varemo, y por ese amor he aceptado penurias y necesidades,
desvelos, sinsabores y verdaderos dramas interiores que creo no hubiera
podido resistir si hubiera escogido otro camino como ser
humano.
Vivo mi vida, hasta cierto punto afortunada, rodeada de una
vocación total; esa vocación que mueve montañas y que aumenta con los
años, trocando en sacerdocio mi profesión, transcurriendo los días y los
años con una velocidad vertiginosa, porque aún hay mucho que
hacer.
No ha sido nada fácil acompasar mi vida a esta vocación que nació
en mí en la niñez. Soy uno de aquellos que padecierón una maldita guerra
que organizaron sus mayores y que padecieron de todo simplemente por
subsistir, acercándose en muchos momentos a la vida animal para poder
respirar y arrastrar los pies en una vida casi miserable entre bombas,
hambre y miserias; entorno nada propicio para sublimar el amor al
arte.
Ese sueño quedaba a veces perdido entre la maraña de la realidad
cotidiana, pero siempre como un fuego fatuo, maravilloso, se resistía a
extinguirse. Los sueños alimentaron esa llama y largos años de trabajo y
estudio en años de necesidades, pero no tan crueles, fueron macerando poco
a poco mi formación artística.
Nazco un 14 de agosto de 1.925,en plena dictadura Primo de Rivera,
del que oi hablar mucho de niño. Mi nacimiento en aquel Madrid
dicharachero, alegre, acogedor y medio provinciano en una taberna del
barrio de Chamberí es mi primero y pequeño gran mundo. En la calle ancha
de San Bernardo aprendí mis primeros pasos, también a jugar y en ella
descubrí el amor infantil al enamorarme de una niña de la vecindad. Mi
bautizo en la iglesia de los Dolores sella mi catolicismo tradicional,
como cualquier español; justamente en la parroquia donde al parecer está
enterrado D.Calderón de la Barca.
Como en cualquier niño los recuerdos de los primeros años se
sobreponen y se anulan con rara facilidad, pero existe un acontecimiento
en un determinado momento que te marca la mente y ya desde entonces
recuerdas las cosas cronológicamente, como si se disparara una ballesta y
abrieran unas compuertas escondidas y ya allí se almacenarán las sucesivas
vivencias en ese archivo maravilloso del cerebro. (Muchas veces pienso que
cuando desaparece un hombre, desaparece también una importante
biblioteca).
En los momentos en que los primeros taxis ya compiten con los
simones y empieza el transporte a motor a marginar al tirado por bestias,
cuando los semáforos no existían, creo, ni en el diccionario, cuando el
cangrejo arrastraba sus jardineras por la calle Fuencarral, y los tranvías
3 y 14 a su paso por San Bernardo organizaban con sus tintineos y
chirridos una sinfonía urbana, acompasada por el coro lejano de los
pregoneros de silleros, traperos, churreros, copleros, vendedores de
periódicos y contadores de historias de sucesos recientes con pinturas
naif en carteles explicativos, como cinematográficos primerarios. Cuando
en las aceras los tenderos de ultramarinos tostaban sus cafés en hornos
metálicos alimentados con leña y dándole al manubrio impregnaban las
calles de aromas tropicales a veces confundidos con el de las patatas
asadas que salía humeante por chimeneas de candorosas locomotora. Aquel
Madrid de floristas, mendigos, limpiavías, traperos, limpiabotas, guardias
con sable, soldados con ros, pícaros y gitanos. Aquel Madrid con los
obreros vestidos casi por profesionales, inclusive el domingo; de
toneleros y paragüeros trabajando en las aceras; de rimbombantes amas de
cría; de bigotes engomados, de capas, de bombines y chulos, de plachadores
y modistillas, de cigarreras y de señoritos calaveras; dejó en mi grandes
recuerdos.
Por entonces, mi padre, recio castellano (que andando vino de
Soria a los doce años en busca de empleo, después de haber sido pastor) ya
con más de veinte de capital, de gran talento natural y excelente lector,
lo hacía en voz alta con voz ampulosa de gran tribuno, rodeado de la
ensimismada parroquia con los textos que en El Liberal, Ortega y Marañón
escribían.
Y un buen día, 14 de abril de 1931, la ciudad es invadida por
muchedumbres al parecer felices. Marca un hito en mis recuerdos y esa
explosión contagiosa de alegría creo que impactó tanto en mí, que desde
entonces pienso que pasé de una especie de nirvana infantil a tomar
conciencia de mis actos. Ese día me encaramé con otros chavales, a un
camión que repleto de enfervorecidos ocupantes enarbolando nuevas
banderas, salió de nuestro barrio y allá fuimos, a Cuatro vientos y a la
puerta del Sol para tomar parte de aquel jolgorio repitiendo las cosas que
decían los mayores. Para mí fue un día maravilloso.
Mis estudios en un colegio de Marista se entretejen al que tengo
de un inolvidable profesor D.Gerardo. Maestro que inculcó en nosotros la
rectitud y la honradez. Austero burgalés con cinco hijos a la espalda y
que mantenía una elegancia en el saber estar que podrían envidiar muchos
caballeros hidalgos. A él un agradecido recuerdo. Planteaba las clases
como en el fútbol. Con su primera y segunda división. Con sus campeones de
grupo con arreglo a la puntuación ocupando por meses la situación que
habías conseguido. Los dos últimos meses de mi asistencia a aquellas
clases logré llegar al segundo puesto de primera. Me sentí medianamente
feliz.
En aquellos años cuando nuestros partidos futbolísticos los
celebravamos en plena calle y el "que viene un coche" nos hacía suspender
momentáneamente el juego, recogiendo nuestra pelota de trapo y
papel;
La huelga general del 34 nos hizo sentir el preludio de que algo
gordo se avecinaba. Sablazos. Esquiroles. Pistoletazos. Pedreas y
anarquía; también hambre. Yo veía salir de casa a conocidos con comida que
mis padres les daban.
Acabado el colegio al principio del verano del 36, ya con once
años, voy con unos tíos que regentaban unas salinas en la provincia de
Guadalajara a pasar una temporada. Poco más allá de Sigüenza y antes de un
pueblecito llamado Alcuneza, y ese encuentro hace que vivamos días
dramáticos con sus correspondientes miedos y temores. Refugiados en el
monte vamos a dar con un pueblo creo que llamado "Pozancos". Con varios
días de estancia partimos para otro más, del que no recuerdo el nombre y
de vuelta de nuevo regresamos al lugar de origen. En aquellos momentos sin
linea de fuego estable nuestra residencia era tierra de nadie y la
aparición de dos milicianos perdidos y uno de ellos familiar, y, hasta
cierto punto buscándome, hace que el 18 de agosto y en su compañía de una
prima de nueve años, intentemos llegar a Madrid. Esos ciento y pico
kilómetros fueron una pequeña odisea y al fin logramos llegar los dos
solos a Guadalajara donde después de dormir una noche en la estación
logramos subir a una camioneta militar consiguiendo nuestro
propósito.
Volviendo a lo que más tarde sería mi verdadera profesión,
recuerdo que un escultor que de vez en cuando aparecía por aquella tasca
inolvidable, al verme dibujar o hacer mis mapas coloreados le decía a mi
padre que en mí había madera de artista y que cuando fuera un poco mayor
me llevaría con él. Pensamiento que compartía un para mí; personaje
entrañable al que creo debo bastante. Intelectual y médico. De grandes
vivencias y excelente narrador, desde niño me hizo descubrir un mundo más
importante, que no tenía nada que ver con el mundo artesanal y sencillo
que me rodeaba. Quizá se pasara en sus fantasías dialécticas, como buen
caballero andante, pero ese hombre al que quiero y con sus ochenta y pico
de años camina por el Perú haciendo españolidad, reciba con mis sencillas
letras un pequeño homenaje de amor y gratitud. Muchas gracias Sr. D.
Antonio Mena.
Hablar de lo que marcó mi infancia la Guerra Civil haría harto
prolijo este modesto texto, no sin cierto pudor. Creo que me ha marcado
bastante mi vida posterior. Mi infancia se rompió. Pude tener estudios
superiores, la guerra me los quitó. Perdí una parte muy importante de mi
vida y tuve que cambiar los juguetes por el hambre. Acudir a la escuela
con bombardeos, a cambiar mi dormitorio por un sótano, a ver destrozar los
muebles para conseguir fuego y a pasar horas interminables por un
panecillo o un puñado de bellotas. A ver morir amigos por balas que
llegaban del frente y el ir casi hasta él para arrancar ventanas de las
casas destruidas para conseguir leña. Muertos, miseria, dramas a tu
alrededor y obuses explotando a menos de cien metros. Todo lo que puede
suceder en una ciudad asediada llena de parapetos y trincheras, con
interminables meses sin luz, con inesperados bombardeos y con la angustia
del "por lo menos hemos vivido hoy". Un cataclismo que a los once años no
comprendes y del que no tienes culpa de nada.
Pasados los años se desliza sobre mis recuerdos una sutil cortina
del antes y después de la guerra.
La dura posguerra rodea de crueldades tu entorno. Como perdedores;
amigos, vecinos o conocidos conocen las cárceles y el fusilamiento y
desbandada general en otros que no volverás a ver más. Algún familiar
muerto y detención de mi padre por ser simpatizante del partido de Azaña;
puesto rápidamente en libertad por haber salvado algunas vidas durante la
contienda y ser hombre intachable. La necesidad obliga a dejar los
estudios y trabajar en una España que se hunde más, por el comienzo de la
Guerra Mundial. Un millón de muertos a sus espaldas, con por lo menos seis
quintas en el servicio militar, con muchas gentes en las cárceles y en
campos de prisioneros, en un país dividido y destrozado, en una ruina
económica total y olvidado del mundo.
Empiezo a trabajar en una mercería de la Plaza del Ángel, a pocos
pasos del celebérrimo carillón del reloj chino de Canseco, cerca de la
tumba donde reposa el cuerpo de Lope de Vega, y escuchando a diario los
conciertos del ciego de la ocarina, la que tocaba magistralmente. Las
tardes de gran corrida, la salida del torero más famoso, del hotel
Victoria era un acontecimiento: nada más que Manolete.
Muchas tardes un hombre diminuto y silencioso y casi siempre de
negro daba su paseo y compraba castañas en la esquina. Su sombrero y su
bigote ya eran familiares. D. Jacinto Benavente que vivía a pocos pasos de
allí.
Mis recados de chico de tienda me hicieron descubrir el mundo de
los ricos. El Palace, El Riz, algunos palacios de la Castellana o la casa
del maestro Luna el día de su fallecimiento.
En mi callejear por aquel Madrid del estraperlo, del puré San
Antonio, boniatos, milhojas y pan de higo; que eran manjares del pueblo me
llevó a pisar en alguna ocasión y con devoto arrobamiento alguna galería
de arte. Grifé Escoda, Eureka y Cano a través de los cristales. En Cano
nunca me atreví a entrar; era un santuario. El entusiasmo de aquellos
momentos al apreciar los cuadros, me hacían pensar en que sería de dar
media vida con tal de pintar algo parecido, y así compré con las propinas
mis primeros tubos de óleo y mis dos primeros pinceles.
El preludio de un futuro destino lleno de altibajos llevado por
las olas de la vida. Acudiendo a una academia para culturizarme,
escudriñando como podía los misterios del arte, y queriendo adivinar como
se hacían aquellas para mí maravillas, pensaba que mi futuro dependía
exclusivamente de mí y que cada día tendría que poner un pequeño
ladrillo.
Muy poco tiempo fui a Artes y Oficios. Lei todo lo que podía sobre
arte y aprendí lo que es la impotencia cuando quieres hacer algo y no
puedes. El soñar lo imposible para conseguir lo posible arraigó en mí y
con resignación y rabia pintaba malísimas y pequeñas cosas que fueron el
embrión de lo que pueda hacer ahora.
Fui pensando en artista acariciado por un sentido extraño que se
apartaba del mundo cotidiano; de ese mundo del trueque y la barriga
satisfecha o el poseer, caiga quien caiga.
No satisfecho con ser dependiente de comercio a los 17 años,
consigo entrar de practicante en un mundo que me seducía bastante: el
cine. Practico y trabajo de ayudante de operador en el desaparecido cine
Calatravas de la calle Alcalá, al igual que un hermano poco mayor que yo,
y ya como ayudante y mis diez pesetas de sueldo me siento un hombrecito.
Sigo emborronando cosas y aprendiendo como puedo. Leo todo lo que me sale
al paso siempre que pudiera ser importante y poco a poco mi formación se
va ampliando.
Estudio radio y por supuesto electricidad y fabrico
artesanalmente, en unión de otro amigo, transformadores. Amigo con el que
llegué a inscribirme para estudiar perito electricista teniendo que
abandonar por simultanear el trabajo con otro empleo debido a las
necesidades.
El año 1946, el servicio militar rompe mi vida y en los tres años
entre Badajoz, Navarra y Madrid realizaba sobres artísticos a color para
los soldados, lo que me ayudaba a incrementar el salario de 0.50
pts.
La licencia me plantea un porvenir. Vuelvo a trabajar de operador
cinematográfico y en las horas libres me hago hueco en un taller de
reparaciones relacionado con la cinematografía, con un salario casi
simbólico pero con el deseo de aprender "ajuste, torno y fresa". Me coloco
de proyeccionista en la Embajada Inglesa y encargado de repaso de las
películas que distribuían. Durante tres años simultaneo los tres empleos
no sé como y aunque la pintura la tenía casi al margen, siempre trataba de
pintar en los momentos más extraños. Me sentía infeliz. La lucha por la
vida marginaba cada vez más la ilusión de mi vida.
Con aparatos prestados o alquilados doy proyecciones por los
pueblos de la sierra, en colegios y conventos e instalo un cine en Tielmes
de Tajuña donde llegué a tener problemas por llevar algunas películas
atrevidas como Gilda. Seguí pintando lo que podía.
Con bastantes conocimientos mecánicos y eléctricos logro
establecerme en un pequeño local con un torno y una fresadora comprados a
crédito, intuyendo la falta de talleres que existían entonces en esa
especialidad cinematográfica. El taller funciona y llego a tener dos
empleados que llegaban a retirar más dinero que yo, por los pagos, nuevas
herramientas y los cobros que casi siempre eran a noventa días. La ruina
familiar me coloca a los 25 años en cabeza de familia con mis padres y una
hermana a mi cargo. La situación económica es insostenible. Llego a
enfermar por trabajar demasiado. La situación anímica de mi padre, sin
empleo, me hace pensar en un futuro muy incierto, y en ese momento decido,
no sé si acertadamente, por evitar males mayores, embarcarme a la aventura
americana.
Acuciado por la ruina familiar y harto de luchar en una España
empobrecida y sin posibilidades, vendo el pequeño taller, caso a la
hermana y con el dinero justo para tres pasajes salgo hacia el Brasil. En
1952 con una cartilla de racionamiento, con los ojos cargados de lágrimas
dejo esta áspera tierra tan llena de contrastes a la que tanto siempre he
querido.
Los dolores de la emigración da para escribir varios libros.
Dejando al margen las vicisitudes que a uno le pueden suceder en un país
extraño viendo que un exceso literario en quien casi no sabe escribir
pudiera resultar insípidamente pesado, condensaré en pocas líneas quizá lo
que pudiera ser la parte más importante de mi vida artística.
En Río de Janeiro trabajo de operador cinematográfico, después de
un nuevo examen. Ajustador, encargado de electricistas y logro llegar a
tener en sociedad una pequeña tienda de electricidad y radio en
Copacabana.
La vida es dura y ofrezco mi trabajo al mejor postor. No obstante
tengo más horas libres y eso hace que mi vena artística florezca de nuevo
con nuevos ímpetus. El mercado del arte es más extenso. No sé ve gran
pintura excesivamente, pero por el contrario la llamada pintura comercial
funciona. No es un coto cerrado a los ricos como en nuestra España y la
pintura sale a la calle, buena o mala.
Mis pinturas van mejorando. De algunas cosas que hago ya no me
avergüenzo y un buen día al realizar un trabajo eléctrico en la galería de
un israelí hace cambiar un poco el rumbo de mi vida. Al hablar de arte con
el tal Isac, aprecia en mí, a su entender, grandes conocimientos
artísticos y extremada sensibilidad. Piensa que tengo un buen o gran ojo
clínico en estilos y técnicas y gran experto en pintura del XIX. El
impacto en mí es de asombro. Me ofrece la dirección de la galería
"Copacabana Arte", con porcentaje en la venta y allá voy con mis flamantes
tarjetas de director artístico.
Con alguna complicación me caso por poderes con la mujer que
quería, la guapa madrileña que esperaba mi llamada y ya rodeado de cuadros
de ambiente artístico permanente, con más horas libres para soñar y pintar
me siento inmerso definitivamente en el mundo del arte. Siento la
necesidad de crear, me lo impongo como un sacerdocio, también empujado
anímicamente por una dolencia que arrastré varios años en las piernas que
casi me impedían andar, aunque sí seguir regentando la mencionada
galería.
Mas tarde me ficha otra galería "Galería Nagasaki" y algún año más
tarde expongo al aire libre en la playa de Botafogo, donde alquilo mi
primer estudio. Ya vendo cuadros con cierta asiduidad y soy aceptado en la
Nacional de Bellas Artes.
Cada vez más me seduce, como yo digo, la cocina pictórica y aun
sintiendo que la meta es inalcanzable, experimento, pruebo, estudio y
silenciosamente, pasando el tiempo, ese velo tenebroso inicial se va
esfumando y se hace cada vez más diáfano y transparente. Se va creando una
vida interior más densa ésta va madurando y las metas se van
sobreponiendo.
Alquilo, más tarde, un estudio en Copacabana, en un edificio
comercial y en exposición permanente copo todos los pasillos y salones. En
el mencionado edificio funciona el Juzgado de la Zona sur y pinto un mural
para el juzgado que representa la Justicia.
Realizo murales en dos cafeterías y vendo cuadros a
plazos.
Seducido siempre, por los artistas del Renacimiento aprendo a
dorar a hoja, bruñido y a laquear, decapes, pátinas y hacerme los colores
y las telas. En mi modestia admiro siempre el aprendizaje de aquellos
maestros que desde niños empezaron en los talleres aprendiendo el oficio
desde la raíz.
Con un bagaje artístico mucho más interesante en estos diez años
de vida brasileña, vuelvo a España en 1962. El contacto que tenía con el
mundo artístico era nulo, antes de mi partida, pero aprecio que ha
evolucionado relativamente poco. Se celebran pocas exposiciones y rara es
la casa que tiene cuadros colgados. Me siento extranjero en mi
tierra.
No tuve tiempo de meditar el camino a seguir y a los siete días
justos de poner mis pies en la estación del Norte ya estaba trabajando en
los Estudios Cinematográficos Exa, en calidad de ayudante de sonido. La
admisión es con la imposición de trabajar las horas que hiciera falta y en
ese momento de mayor producción cinematográfica española de todos los
tiempos, unido a las grandes producciones americanas que se rodaban en
España, me hacían vivir en el estudio más que en mi casa. A veces demoraba
tres días en volver.
Me tocó trabajar con casi todos los monstruos del cine americano y
por supuesto con los más modestos astros nacionales. Fue una gran
experiencia y por lo menos me sirvió también para comprarme un modesto
piso de renta limitada y un 600 de segunda mano.
Años más tarde fiché como montador en Estudios Moro. Monto
doblajes, documentales e interminables lista de anuncios y dibujos
animados. En algunos trabajos por mi labor se consiguen premios, que van a
figurar a nombre de otros -España de mi alma-, y como la colección de
cuadros pintados ya es importante, realizo mi primera exposición en Madrid
en 1.970, con esta presentación:
"Después de una larga vida artística por Suramérica,
principalmente en Brasil, me presento por primera vez en España con una
exposición individual, tras haber participado en varias
colectivas".
No quiero valorar mi obra. Por encima de todo cuanto hago en arte,
y en mi vida privada, deseo que sobresalga la sinceridad. He considerado
siempre que esto es fundamental para no traicionarme a mi mismo. Como
pintor nunca he deseado colgarme una etiqueta de moda o amaneramiento. He
pintado siempre lo que he sentido en cada momento, y por eso mi obra no
parece encuadrada en unos moldes rígidos. ¿Qué si me arrepiento de algunas
de mis obras? Por supuesto podría decir que de casi todas. En arte hay
mucho camino por andar, y yo descubro cada día que mi meta es infinita,
porque me exijo cada vez más."
Estas letras podría firmarlas ahora, 17 años después.
El ser admitido en una Nacional de Bellas Artes me animó a
realizar esta exposición, con gran éxito por cierto. La crítica me puso
muy bien y fui entrevistado en Televisión Española. Varias emisoras de
radio me hicieron entrevistas y así me consideré un poco matador en mi
tierra, a pesar de que llevaba muchas corridas toreadas.
Desaparecen Estudios Moro y con ello arrastra a todo su personal.
En esos momentos un crítico de arte me ofrece la dirección de una galería
de la calle Campoamor, simiesquina Sagasta. Acepto. Remodelo la galería e
inicio de nuevo otra andadura. Ya consolidada y con una pléyade de
pintores importantes en cartera, derriban el edificio. Por supuesto
desaparece la galería y acepto en esos momentos la gerencia y relaciones
públicas de una nueva agencia de prensa. Tengo con los grandes directores
entrevistas y soy nombrado Vocal Nacional de Prensa. Un entorno diferente
impregna mis esponjas creativas y realizo exposiciones en Bilbao,
Victoria, Valladolid y Zaragoza, con excelente crítica. Escribo artículos
sobre arte y temas para mí importantes o curiosos siendo publicados en
diferentes diarios nacionales. En algunos casos realizo entrevistas y
viendo que ese mundo interesante no es el mío vocacionalmente, sintiendome
maduro artísticamente y pensando que solo se vive una vez, abandono la
seguridad para enfrentarme a cuerpo limpio con las necesidades de la vida,
con mis pinceles y colores. Desde entonces 1972, con más de sesenta
exposiciones individuales, muchas colectivas cuatro premios conseguidos,
componente del jurado de varios certámenes, organizador de varios
homenajes a artistas fallecidos o enfermos y componente fundador del
Colectivo de Pintores Madrileños. Con más de cuatro mil obras realizadas,
con una amplia serie de críticas favorables sobre mi obra, diseminada por
ese mundo de Dios en muchos países, siento que no he hecho casi nada. Me
parece que quiero atrapar el tiempo perdido y a veces pienso de que estas
ansias por pintar y hacer nuevos temas no sería la que sintieron aquellos
grandes monstruos del arte. Si ellos como genios tuvieron que cabalgar a
las grupas de un tesón indomable, que menos que el mismo tesón y vocación
para alcanzar esta modesta meta de este pintor que es feliz con lo que
hace pero no está satisfecho.
Mi máxima de luchar y trabajar como si fuera a vivir siempre y
vivir cada día como si me fuera a morir mañana, sigue latente y deseo que
si esa llamada inspiración se acerca a mí, que me encuentre delante de un
lienzo y no presumiendo de artista bohemio en cualquier café.
Mi vida me ha hecho conocer a muchas gentes. Famosos, menos
famosos pero entrañables, héroes anónimos, personajes curiosos, personajes
importantes y estrellas cinematográficas. Desde la Reina Dña. Sofía hasta
D.Enrique Tierno Galván; conocí tantos seres humanos que de todos aprendí
algo. Nada se hace de nada.
Concluyo mi pequeño apunte biográfico diciendo lo que escribí en
una de mis exposiciones:
"Donde pone el hombre en el suelo la planta, pisa siempre mil
caminos y mi camino no es llegar sino ir, estar yendo. Aquí me tienes
caminando por el hermoso sendero de la pintura. Al caminar o viajar
volvemos a ser niños y el niño es inocencia y olvido. Un nuevo comienzo,
un juego, una rueda que echa a girar espontáneamente, un movimiento
inicial, un santo decir ¡sí! Mi rueda comenzó a girar hace ya tiempo,
devanando con hilos invisibles el entramado de mis sueños para tejer la
realidad de mi vida. Así he llegado a la madurez con los sótanos del alma
bien repletos, porque de sobra sé que no nos hemos dado nosotros la vida,
sino que no es dada sin ser hecha y tenemos que hacernosla.
Valorar es crear. Si no se valorase, el árca de nuestra existencia
estaría vacía. Opino que el día que a la fantasía renuncie la Humanidad
perecerá, y creo que el arte no es cosa distinta de la vida, es flor de la
vida, consuelo para permanecer en ella, como emancipación de algunos
instantes, como esencia de la naturaleza y, por tanto, una fuerza viva y
permanente.
Aspiro a ser auténtico para lograr ser creador y plasmar con
pigmentos, ideas, pensamientos e inquietudes, a poder ser con belleza que
se estime y se sienta.
En mi pintura, como en mi vida, tengo sed, ansia, afán y deseo de
conseguirlo. Admito que casi siempre solo se puede decir una fracción
mínima de lo que se piensa, y aún así, algunas obras te "morderán" y te
harán pensar y meditar. Si es así habrán conseguido el fin que me
propongo. No olvidemos que nuestra vida es un constante aceptar heridas y
un responder enérgico a esa benéfica vulneración. Muchas veces en el
rechazo puede existir la sombra de una caricia.
Y repitiendo las palabras de un gran pensador. "En esta hora de
universal crepúsculo, cuando todo el Orbe desciende moribundo por la
esplendida fiesta de la agonía."... En este momento y, por supuesto, con
optimismo, te ofrezco lo que pienso y hago con amor, con ese amor que
dilata el alma salvando las distancias; admitiendo que como ser humano soy
un objeto complicado y sutil, que ansioso de sobrevivir trato de comunicar
cierto valor a las cosas para no olvidar el camino ni olvidarme de
caminar.
Remato esta modesta historia, de pluma
torpe, con la frase de un gran poeta: "Confieso que he vivido" Copyright J. Molinero Rey 1998-2007
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